Porque ni ella era Shakira, ni el Alejandro Sanz
Ella era bella, de eso no había duda. Y a los 15 – 16 años, lo bello es realmente bello y lo demás no importa mucho.
El la amó, o al menos eso se podría decir. Con alguna certera madurez, podríamos decir que solamente le gustó, pero yo, que viví a su lado, podría jurar que vi algo de amor, de esos amores locos que se encentran en cada esquina de tus 16 años y que sabes que son para siempre durante esos cortos meses. La amo y punto, discutir es inútil, sobre sentimientos que desconocemos es imposible filosofar
Ella era bella, y miles de ojos la acariciaban a diario, el suave andar de su cuerpo, la dulce explosión de su risa, el leve contacto de su silueta con el aire era como un aura de difícil interpretación. Ella era bella y libre, y aunque miles de corazones sangrando irremediablemente flechados dejo ella tirados, como en alguna matanza programada, ella seguía siendo ella, y nadie podría atraparla jamás.
El la amo, y no sé si ella lo supo, yo creo que sí. Yo que fui un mudo testigo de aquella cruenta historia de ternura, lo sabía. Que ella no lo supiera hubiera sido difícil de creer. Y sin embargo, ella jamás lo vió, caminó a través de su espectro, pisando su sombra, obviando sus detalles, jamás se percató de aquel hombre malherido (porque cuando uno sufre es difícil ser un muchacho) aquella sombra enamorada, aquel pretendiente destrozado, aquel gris extra en su extraordinaria película
Un día ella partió, y no sé los detalles. Se fue lejos, me dijeron.
Y así pasaron los años, y a través de colegios, universidades, títulos, trabajos y demás cosas, a veces aparecía entre botellas aquel muchacho de pelo revuelto, enamorado de ella, la bella
Cosas del destino, los dos ya salidos de la adolescencia, fuimos a parar a un banco, chiquito y anodino, en el cual debíamos hacer algunas cosas que no vienen al caso.
Y yo, que soy despistado pero no tanto, empecé a distinguir esa fragancia a lo lejos, ese aroma, ese olor que hacia tiritar a los más valientes y suspirar a los orgullosos. Esa conjunción de cielo y paraíso, esa niña ángel de nuestra juventud, allí, tras una ventanilla, riendo forzadamente, trabajando como nunca, marchitándose en plena vida
Ella era bella, pero al parecer ya no tanto
Y yo le quise advertir al muchacho – hombre, pero el ya estaba caminando hacia el encuentro inexorable de sus destino, el punto final que tantas veces había pedido, la conclusión que había clamado en nombre de la justicia al universo.
Ella lo vio y sonrió, le sonrió como entonces, como queriendo despertar viejos recuerdos juveniles, alguna complicidad inexistente de antaño y creo que él la reconoció, pero no dijo nada. Le recitó de memoria la operación que tenía que hacer, mientras la bella exageraba sus movimientos, para ser reconocida, para despertar en el aquel rayo de luz que ilumine su memoria y le recuerde viejos amores, antiguos cariños
El la vio entonces, y le dijo “Hola, quería decirte una cosa más, yo sé que me quieres preguntar algo hace rato”
Y ella agradecida, creo, respondió “si, quería preguntarte…”
Y he aquí la conclusión de este relato triste, que el amor cuando ya no es amor y se deja macerar, se transforma en resentimiento, trago amargo que alguna vez hemos de beber todos
Él le dijo, interrumpiéndola “Si, la respuesta a tu pregunta es, todo el dinero me lo llevo en efectivo y no consideres el impuesto, eso te lo pago aparte” y haciendo efectivas sus palabras, tomo el dinero y se fue, dejando impávida, a ella, la nunca más bella
Y mientras manejando nos alejábamos de aquel lugar, juraría que vi una lágrima recorrer sus mejillas, como hace 10 años, pero cuando volteé a comprobarlo, no era más una lágrima, sino una sonrisa
(Esta historia, real, se escucha mejor con "Te lo agradezco, pero no")



